Gianfranco Pasquino: “Milei es el producto de una democracia que funcionaba mal” #entrevista @clarincom

El prestigioso politólogo italiano analiza de qué modo los avances espasmódicos de la derecha afectan a Europa y hasta dónde los volantazos desesperados de los políticos de turno desgastan la democracia.

Autor Marina Artusa 04/08/2024

Detrás de los reflectores que en estos días apuntan a Francia por ser la exquisita escenografía de los juegos olímpicos, nadie pierde de vista el escenario político incierto que preocupa a los franceses luego de las elecciones legislativas que el presidente Emmanuel Macron anticipó como respuesta reflejo al triunfo jugoso de la extrema derecha en las urnas para renovar el Parlamento europeo.

En cuatro días, los partidos de izquierda formaron el Nuevo Frente Popular, que no sólo frenó a la derecha de Marine Le Pen en la segunda vuelta de las legislativas sino que se propone “romper con la política de Macron”. El politólogo italiano Gianfranco Pasquino analiza de qué modo los avances espasmódicos de la derecha afectan a Europa y hasta dónde los volantazos desesperados de los políticos de turno desgastan la democracia.

-Después de las elecciones legislativas anticipadas, ¿Francia quedó acorralada?

-Marine Le Pen no ha tenido nunca la posibilidad de ganar. Son ustedes, los periodistas, quienes pensaron que ganaba. En la primera vuelta, obtuvo un cierto número de votos, y en la segunda, perdió. Francia no está acorralada. Avanzó y cuenta con puntos de resistencia que son fuertes y que forman parte de su historia. Siempre ha tenido estos grupitos de derecha. Marine Le Pen representa algo que es francés, pero que no puede vencer. ¿Está en crisis la democracia francesa? Ni por un segundo.

-¿Hay que temerle a la derecha de hoy?

-Temerle, no. Pero hay que estar ligeramente preocupado. España tuvo el franquismo durante más de cuarenta años. Alemania tuvo el nazismo, que no era un hecho marginal. Italia tuvo el fascismo… La derecha siempre existió en Europa. En algunos casos ha ganado. Tal vez hemos aprendido o nos hemos vacunado.

Es decir que usted está de acuerdo con el historiador y lingüista Luciano Canfora cuando afirma, tal como señala el titulo de su último libro, que el fascismo nunca murió.

-Siempre me cuesta estar de acuerdo con Luciano Canfora. No sé qué es el fascismo para Canfora. El régimen autoritario fascista fue derrotado entre el 25 de julio del 43 y el 25 de abril del ’45. Esto es seguro. Los comportamientos fascistas existían antes del fascismo y continuaron también después. Desde este punto de vista, algunos comportamientos fascistas forman parte de la sociedad italiana. El antifascismo tampoco terminó. Existe. En Francia fueron a votar contra el fascismo. Fue un voto antifascista.

-La izquierda, por su parte, ¿se está equivocando?

-Sí, la izquierda se equivoca a menudo porque exagera. Exagera, por ejemplo, cuando dice: “Recibamos a todos los inmigrantes”. No. No podemos dar acogida a todos. Es preciso encontrar criterios. Se equivoca cuando postula que es preciso eliminar todas las desigualdades. No. Porque las personas quieren ser diversas. Exagera en esta dirección igualitaria. Cae en el “buenismo”. A veces es demasiado permisiva y crea consecuencias negativas para los sectores sociales más bajos. Este es un grave error de la izquierda.

-¿Y los populismos? ¿Prosperan en Europa?

-No logro bien identificar qué significa el populismo en Europa hoy. Marine Le Pen no es populista. Es nacionalista. Giorgia Meloni no es populista. Es soberanista. El populismo requiere una sociedad en parte movilizada y poco organizada. Y por eso se da en América latina. Pero es necesario contar con partidos bien estructurados para hacer política. (Juan Domingo) Perón era bastante populista.

-¿Qué sucedió entonces con las ideologías? ¿Sucumbieron a la política?

-Las ideologías se desmoronaron con la caída del muro de Berlín. El 9 de noviembre del ’89 caen también las ideologías. Porque la ideología que importaba era la ideología comunista. Si existe el comunismo, es preciso desarrollar una ideología democrática-cristiana, una ideología liberal, etc. Cuando cae el comunismo, no hace más falta y no hubo más ideólogos. No hubo más grandes intelectuales. El último gran intelectual europeo que queda es (el filósofo político y sociólogo alemán Jürgen) Habermas. Ninguno más. Las ideologías no existen más. Después podría decir que sí hay una ideología que es el europeísmo, que nos permitirá avanzar sólo si construimos una Europa próspera, pacífica, justa.

-El ex primer ministro italiano Giuliano Amato afirma que Europa es el continente más avanzado y en más decadencia. ¿Está de acuerdo con esta afirmación?

-Giuliano Amato tiende a ser siempre muy creativo. Europa es, sin duda, el continente más avanzado, el espacio más grande de libertad y de derechos que jamás haya existido en el mundo. ¿En decadencia? Sólo sobre algunos aspectos. El demográfico: pero Europa atrae. Hay menos europeos pero hay muchísimos inmigrantes que se convertirán en europeos. Por lo tanto, la parte de la decadencia, como diría Mark Twain sobre la noticia de su muerte, es un poco prematura.

-¿Qué quedó de aquel proyecto de una Europa próspera y pacífica al que se apuntó después de la Segunda Guerra Mundial?

-El proyecto tuvo éxito. Europa es un continente de prosperidad y de paz. Porque las guerras no están dentro de Europa sino en países que estaban en los márgenes, como Serbia, Croacia o como ahora Rusia contra Ucrania. Pero los países europeos no se han declarado guerras entre ellos. El proyecto fue exitoso. El problema es plantearse qué hay luego del éxito.

-¿Conoce la respuesta?

-La respuesta es alargarse, extenderse a otros países. A Georgia, a Turquía, que es un gran desafío. Y hasta Rusia. Cuando le preguntaron a Mitterrand cuáles eran los límites de Europa, él respondió que Europa va desde el Atlántico a los Urales. Se podría pensar en admitir en Europa a la Rusia europea. Naturalmente no a la Rusia asiática. Esto se puede hacer todavía.

-¿Cómo se podría hacer?

-Sería necesario, en este caso, decirle a Putin: “Estamos dispuestos a tener a Rusia en Europa si usted acepta los criterios del estado de derecho, libertades civiles, fin de la pena de muerte”. Es un desafío.

-¿Usted cree que Putin sería capaz de negociar eso con Europa?

-El, no. Pero no nos tiene que importar Putin. No va durar demasiado. En poco tiempo alguien lo destituirá. Es con los próximos gobernantes rusos con quienes se puede iniciar un diálogo, que puede comenzar por la desmilitarización de ciertas zonas, un comercio más amplio, libertad de circulación, cultura.

-¿Quién debería liderar esa iniciativa?

-Deberían ser algunos grandes estadistas que en el origen de la Unión Europea existían. Ahora no veo ninguno. Pero puede ser que surjan.

-¿Cuáles son los principales problemas de la democracia hoy?

-Hay una democracia que es la ideal, que es la que quisiéramos todos: donde se trata bien a las personas, los gobernantes no roban y donde todos pueden hacer, de algún modo, lo que desean. Esa es nuestra democracia ideal. La democracia como justicia social fundamentalmente. Y ésta no está en crisis porque todo el mundo diría que es la democracia que anhelaría. Luego están las democracias reales y cómo funcionan los sistemas políticos democráticos. Todos tienen los problemas. Algunos son institucionales, como probablemente sucede en Argentina. (Javier) Milei es el producto de una democracia que funcionaba mal.

-¿Y con él en el poder?

-Con él funciona bastante mal porque la idea de derrotar al mal por completo es impracticable. Y él no es un gradualista. Creo que no lo logrará y que en las próximas elecciones perderá.

Señas particulares

Gianfranco Pasquino nació en Turín, hace 82 años, y es activo en su cuenta de X como si fuera un adolescente. Enseñó Ciencias Políticas durante 43 años en la Universidad de Bologna donde, desde 2014, es profesor emérito. Integra la Accademia Nazionale dei Lincei, la academia científica más antigua del mundo. Es uno de los fundadores de la Revista Italiana de Ciencia Política.

Fare lavoro intellettuale con competenza e responsabilità #NuovaInformazioneBibliografica

In “Nuova informazione bibliografica”, n. 2 Aprile-Giugno 2024, pp. 151-156

 “Non ci sono più gli intellettuali di una volta”. Oltre ad una buona dose di nostalgia, da me ampiamente condivisa, questa frase solleva una pluralità di interrogativi importanti.  Primo, a quale fase, in quale mondo, si riferisce “una volta”? Secondo, di quali intellettuali specificamente lamentiamo l’assenza e perché? Terzo, abbiamo ancora bisogno di intellettuali?

Con ogni probabilità, le lettrici si chiederanno come erano, e chi, gli intellettuali di un volta. A questa più che legittima domanda, il mio libro Il lavoro intellettuale non offre una risposta diretta e precisa. Fin dall’inizio ho deliberatamente scelto di non darla. Non dovremmo sentire il bisogno di nessun concorso per l’Oscar degli intellettuali. Pertanto, usando il linguaggio corrente in politica, non ho proceduto a paracadutare dall’alto nessun intellettuale, già bello formato, famoso, di successo, influente, da collocare al vertice di qualsiasi graduatoria. Al contrario, ho preferito lasciare emergere dal basso una pluralità di tipi di intellettuali, guardando alle modalità con cui lavorano e dovrebbero lavorare, alle loro fonti e ai loro esperimenti nel laboratorio costituito dal mondo in cui viviamo, agli obiettivi degni di essere perseguiti, al senso da attribuire al successo e alle conseguenze. Ho effettuato questa scelta strategicamente importante, ma difficilissima da mantenere integralmente senza eccezioni, non soltanto perché fin troppi libri sono dedicati ad alcuni, spesso i soliti (nomi) intellettuali, ma perché mi sono convinto che a contare è il modo con il quale gli intellettuali lavorano, soprattutto, ma non esclusivamente, per produrre idee, discutere in pubblico, plasmare le opinioni, parlare al, per, contro il potere politico e i potenti, influenzare le decisioni, dice molto sulle società e, via all’iperbole, sul mondo.  

Naturalmente, ho in mente e nutro grande ammirazione per gli intellettuali che hanno pensato, scritto e agito in nome di alcuni valori: libertà, democrazia, giustizia sociale, eguaglianza, ma sono maggiormente interessato a capire perché lo hanno fatto, da dove veniva l’ispirazione, verso quali esiti intendevano/intesero orientare l’opinione pubblica e i potenti, con o senza l’appoggio di altri intellettuali, e perché tutto questo risulti oggi praticamente assente tanto nei sistemi politici democratici quanto nei molti regimi non-democratici diversamente oppressivi e repressivi.

Costruire conoscenze. Il lavoro intellettuale, come l’ho interpretato leggendo quanto scritto e fatto dagli intellettuali, non soltanto i professori, ad esempio, George Orwell e Albert Camus, e ho tentato di praticarlo, comincia con la lettura, con l’escursione a tutto campo e anche fuori confine, di quanto prodotto sull’argomento in oggetto. Contro ogni specialismo, comunque mai da valutare negativamente, il lavoro intellettuale prende le mosse da libri, documenti, film che gettino luce su quel che si vuole studiare. Anche attraverso la pratica delle recensioni, un modo, forse il migliore, per il confronto di approcci, prospettive, obiettivi, cause e conseguenze. Nel contesto italiano, invece, le recensioni sono spesso modi di esprimere l’appartenenza ad una scuola e di procedere al killeraggio di chi, da altra o da nessuna scuola, si permetta interpretazioni critiche. Peraltro, molte scuole e troppi accademici praticano il silenzio, l’oscuramento, il negletto. A mio modo di vedere, questo è un bruttissimo esempio di “tradimento dei chierici”. Invece, l’obiettivo nobile delle recensioni è quello di apportare anche solo una briciola in più a quanto già noto, magari correggendo alcuni elementi, evidenziandone altri, suggerendo percorsi, il tutto in consapevole umiltà.

   Molto raramente sarà possibile giungere a scoperte tanto significative da essere definite “cambi di paradigma”. Questa ambiziosa ricerca dello scibile già acquisito è l’esercizio con il quale si concretizza il “salire sulle spalle dei giganti”. Accumulando le conoscenze, sottoponendole a numerosi vagli, cercando di capire come e perché i vari studiosi eccellenti che ci hanno preceduto sono pervenuti a generalizzazioni, spiegazioni, teorie. Qui mi limiterò ad un solo importantissimo esempio. Senza leggere i libri di Orwell, La fattoria degli animali e 1984, la comprensione di cosa è il totalitarismo rimarrebbe seriamente inadeguata. Sento di dovere aggiungere anche per provocazione appunto intellettuale che per capire cosa fu per molti intellettuali il comunismo continua ad essere utilissimo il libro di autori vari Il Dio che è fallito (Comunità 1957).

Lo scavo nelle fonti e il confronto debbono essere operazioni il più estese, a tutto raggio, e trasparenti possibili. Al proposito, sono deplorevoli non soltanto le mancanze attribuibili a ignoranza e settarismo, ma può comparire anche un altro fenomeno: il plagio. Lo ritengo senza ombra di dubbio la violazione più grave, a mio parere imperdonabile, dell’etica professionale degli intellettuali perpetrata ai danni dei lettori, ingannati, e dei colleghi plagiati, privati del riconoscimento della paternità di quanto da loro scritto. Prendere dagli scritti di chi ci ha preceduto, ma anche da quelli dei contemporanei idee, frasi, citazioni, indicazioni di ricerca senza attribuirle alla fonte è tecnicamente un furto assolutamente squalificante. Non può esserci nessuna accondiscendenza per comportamenti simili che dovrebbero essere sempre, appena scoperti, condannati nella maniera più assoluta e irrevocabile e i loro responsabili sanzionati.

Le comparazioni. Non basta accumulare conoscenze, è indispensabile saperle comparare. Non smetto di citare l’affermazione di Giovanni Sartori, quasi un’intimazione: “Chi conosce un solo sistema politico [ma potrebbe essere una sola forma di governo, un solo partito politico, un solo tipo dei leadership] non conosce neppure quel sistema politico”. La comparazione è, al tempo stesso, strumento per la valutazione delle ipotesi, delle generalizzazioni e delle eventuali teorie probabilistiche e modalità di formulazione di altre ipotesi di ricerca e di quel molto che segue. Farò l’esempio contemporaneo più significativo: la proposta di elezione popolare diretta del Primo ministro. Mi limito a pochi cenni: i) il cosiddetto premierato è mai esistito da qualche parte? se sì, con quali esiti?; se no ii) in che modo si propone di costruirlo? iii) quali obiettivi politici e istituzionali stanno a fondamento di questa nuova forma di governo? A ciascuna di queste domande le risposte soddisfacenti non possono che essere comparate. Tagliando molto corto un discorso già cominciato, abbastanza male, ma destinato a durare abbastanza a lungo, l’evidenza comparata dice che il premierato così come proposto non è mai esistito; le modalità di sua costruzione contengono elementi di incostituzionalità; gli obiettivi indicati sono probabilmente meglio conseguibili con altri e diversi interventi.

 Applicare i frutti del lavoro intellettuale. Non ho mai capito che cosa facciano gli intellettuali confinatisi nella Torre d’Avorio. Qualche volta, in maniera del tutto anacronistica e assolutamente senza cercare nessuna rappresentatività, mi chiedo se Aristotele, Dante, Galileo avessero mai pensato a trovare albergo e rifugio nella più vicina Torre d’Avorio. Grazie a Wikipedia sono in grado di precisare che l’espressione Torre d’Avorio “dal XIX secolo è usata per indicare un mondo o un’atmosfera dove gli intellettuali si rinchiudono in attività slegate dagli affari pratici della vita di ogni giorno. Come tale, la locuzione ha solitamente la connotazione peggiorativa di una disconnessione volontaria dal mondo; una ricerca esoterica, troppo dettagliata, o anche inutile; un elitarismo accademico, se non aperto sussiego.” Coloro che, invece, fanno il lavoro intellettuale degno del mio apprezzamento hanno appreso due insegnamenti fondamentali. Primo, qualsiasi nuovo contributo o revisione intelligente e migliorativa di un precedente apprezzabile contributo discende in buona misura da quanto scoperto, scritto, discusso da altri, Secondo, la qualità dei contributi personali, la loro accettazione, la loro diffusione dipendono dalla valutazione degli altri. Questo duplice confronto è il modo più appropriato per fare progredire le conoscenze in tutti i settori dell’attività intellettuale.

Ciò detto, va subito aggiunto che i frutti del lavoro intellettuale sono spesso comunque destinati a fuoriuscire dai confini della comunità intellettuale. Anzi, gli sconfinamenti, il trespassing, come scrisse uno dei grandi intellettuali tedeschi Albert O. Hirschman (1915-2012), deve addirittura essere deliberatamente perseguito. Arditamente, sosterrò che lo sconfinamento avviene non soltanto fra i diversi campi di studio degli intellettuali, le loro discipline, i loro interessi, le loro metodologie, ma anche fra la comunità accademica e l’opinione pubblica. Sento di dovere aggiungere “colta”, ma ho l’impressione che lo sconfinamento diventi a sua volta strumento efficace per influenzare e educare l’opinione pubblica. Per molti intellettuali il loro lavoro si esplica soprattutto nei confronti dell’opinione pubblica nazionale, i concittadini, e nella misura del possibile internazionale, i cittadini del mondo. Al proposito menziono due casi di lavoro intellettuale di enorme duratura popolarità e influenza: Francis Fukuyama e La fine della storia(1992) e Samuel P. Huntington e Lo scontro delle civiltà (1996). Non aggiungo nulla, a un dibattitto che tuttora si dipana intorno a molte delle idee contenute in quei due saggi, ma sottolineo che si tratta di due casi del secolo scorso.

Dire la verità al potere. Quasi soltanto nelle democrazie, l’opinione pubblica svolge il suo compito fondamentale, ma non esclusivo, di controllare il potere politico, il potere dei decisori. Quindi, indirettamente, talvolta senza la minima intenzione, chi fa lavoro intellettuale acquisisce la consapevolezza che attraverso l’opinione pubblica le due idee, le sue critiche (l’intellettuale come “critico sociale” è la versione delineata da Michael Walzer), le sue proposte, chi fa lavoro intellettuale si troverà proiettato della sfera del potere politico, della produzione di scelte e decisioni che riguardano una collettività.

Circolante nella comunità accademica, diffuso nell’ambito dell’opinione pubblica, il frutto del lavoro intellettuale, specialmente di alcune categorie di studiosi: economisti, sociologi, scienziati della politica, demografi, scrittori, in qualche modo erratico raggiunge i detentori del potere politico e decisionale. Sì, anche i consiglieri del Principe talora fanno lavoro intellettuale. Più probabile che proprio perché lo hanno fatto nel passato siano stati reclutati dal Principe. Legittimo è chiedersi quanto effettivamente nella formula spesso usata negli Stati Uniti d’America, quei consiglieri interpretino il loro lavoro intellettuale come “dire la verità al potere”. Senza cedimenti, senza abbellimenti, senza opportunismi. Qui si apre un intero campo per ricerche: quali intellettuali in quali circostanze in quali sistemi politici e con quali conseguenze hanno saputo concretamente “dire la verità al potere”? Anche la ricezione da parte del potere di quelle parole di verità merita la massima attenzione. Another time another place.

Invece, questo è il momento e il luogo per interrogarsi sulla assenza di intellettuali pubblici di fama mondiale comparabile a quelli della seconda metà del XX secolo. La responsabilità/colpa deve essere attribuita alle mutate forme della ricerca intellettuale oppure alle trasformazioni della comunicazione, non solo politica, ma in senso più lato sociale oppure, infine, ai cambiamenti nella vita politica, sociale, culturale? Tutto questo richiederebbe, comunque, ricerche comparate molto complesse e approfondite. Non ho finora trovato risposte soddisfacenti.

Andare oltre. Concludo con due considerazioni. La prima riguarda quegli intellettuali che hanno saputo dire parole di verità al potere. In ordine alfabetico, ma non è un elenco esaustivo: Hannah Arendt, Raymond Aron, Norberto Bobbio, Albert Camus, Piero Gobetti, George Orwell, Karl Popper. Sono pochissimi e riflettono le mie preferenze. La seconda considerazione è che lo spirito dei tempi non sembra più andare nella direzione di differenze di opinioni tali da suscitare dibattiti importanti fra intellettuali che prendano le mosse da lavoro intellettuale già svolto e/o da intraprendere. Troppo facile rispondere facendo riferimento al binomio “guerra/pace”, che finora non ha prodotto nulla di particolarmente significativo e originale. Meglio confrontarsi con la tematica della società giusta a partire dal pensiero e dagli scritti del filosofo politico John Rawls (1921-2002). Nel frattempo, ma tutt’altro che a scopo consolatorio, ricorro alla parafrasi di una giustamente famosa esclamazione del grande drammaturgo tedesco Bertolt Brecht (a proposito di Galileo Galilei): “sventurati quei paesi che non hanno intellettuali pubblici”.

Gianfranco Pasquino è Professore Emerito di Scienza politica nell’Università di Bologna e Socio dell’Accademia dei Lincei. I suoi libri più recenti sono Libertà inutile. Profilo ideologico dell’Italia repubblicana (UTET 2021); Tra scienza e politica. Una autobiografia (UTET 2022) e Nuovo corso di scienza politica (il Mulino 2024).

La politica non è un problema di costi @DomaniGiornale

Fare politica è un’attività che richiede impegno e competenze, che si basa sulla capacità di ottenere voti e mantenere, nella buona e nella cattiva sorte, il sostegno dei votanti, non soltanto i singoli, ma i gruppi e le associazioni, prendendo decisioni, attribuendo risorse e cariche, infine, cercando di ottenere la rielezione tutte le volte che è possibile. La rielezione spesso è uno degli indicatori del successo. Fare politica è un’attività che richiede professionalità, qualche volta appresa a vari livelli successivi, eccezionalmente ottenuta operando sul campo. Anche se ciascuno dei compiti e dei passaggi che ho delineato può essere ulteriormente precisato, chi fa politica prima o poi li incrocerà inevitabilmente tutti. Naturalmente, ciascuno dei “politici” avrà, entro (in)certi limiti, la possibilità di scegliere le modalità con le quali, ad esempio, cercare il consenso/voto degli elettori, a maggior ragione se esiste il voto di preferenza, stabilire rapporti più o meno stabili e frequenti con quali gruppi, richiedere sostegno e collaborazione.

Senza entrare nei particolari e nelle specifiche modalità oggetto dell’inchiesta e delle accuse rivolte dalla magistratura all’ex Presidente della Regione Liguria Giovanni Toti, è assolutamente importante tracciare la linea divisoria tra comportamenti leciti e comportamenti illeciti. Sul voto di scambio, vale a dire quando il governante prende decisioni favorevoli a singoli/gruppi/associazioni che procedono a convogliare su di lui tutti i voti possibili, non ci sono dubbi. La legge lo sanziona come comportamento illegale, da punire. All’interno di un complesso sistema di relazioni sociali e economiche può talvolta essere difficile, ma tutt’altro che impossibile, provare che uno o più scambi hanno caratterizzato quelle relazioni producendo vantaggi per i contraenti e, magari, anche danni per chi era rimasto escluso, peggio se sistematicamente, con il decisore ricompensato con dazioni di denaro: il costo della politica.

In assenza di un adeguato sistema di finanziamento della politica (non dei politici), i decisori che ottengono/chiedono, ma spesso la situazione è tanto nota da non prevedere richieste esplicite, dazioni in denaro, giustificano la loro richiesta, così sembra si sia difeso Toti, ma soprattutto argomentano i suoi sostenitori, con la necessità di coprire i costi della politica. Presumibilmente sono i costi delle (certo costose) campagne elettorali, della segreteria, del personale che tiene rapporti con gruppi, associazioni, imprenditori, operatori economici di vari tipi e settori. Quando succede così ci sono buone ragioni per temere che le politiche pubbliche formulate dal decisore rispondano non a criteri di efficienza e di efficacia, ma di convenienza. Anzi, è probabile che gli operatori economici meno capaci, quelli che in una gara trasparente non vincerebbero nessun appalto, nessuna commissione, nessuna carica, siano comprensibilmente i più disponibili a pagare.

Chi fra i politici si trova nelle condizioni di decidere dovrebbe essere in grado di giustificare le sue scelte per la loro bontà in sé, non con la necessità di “vendere” le sue decisioni per fare fronte ai costi, passati, presenti e futuri, della (sua) politica. Oppure a rapporti pregressi nei quali le parti hanno rispettato i termini dello scambio cosicché la prosecuzione/ripetizione dello scambio appare meno rischiosa e fa risparmiare il tempo e le energie che sarebbero necessarie nelle trattative con nuovi contraenti. Incidentalmente, proprio perché il legislatore cercava di evitare che le reti di relazioni avviluppassero e soffocassero i processi decisionali decise di stabilire un preciso limite, non più di due, ai mandati dei sindaci e dei presidenti di regione.

Fare politica attraverso rapporti consolidati e di reciproco vantaggio a scapito della competizione, del “mercato”, con danno per la cittadinanza e molti gruppi esclusi, non è un modo accettabile di operare. Altrove, ma anche in Italia, molti casi alternativi dimostrano che si può fare politica e si può governare senza incoraggiare, accettare, praticare quella che nei fatti è corruzione.

Pubblicato il 4 agosto su Domani

TucanoNorby, la nostra vita e la politica #LoStrillone

Il tucano giallo-nero che vedete alle mie spalle in qualche trasmissione televisiva è abitualmente molto riservato e di poche parole. Allora, con la sua silenziosa autorizzazione, lo racconto io.

È l’ultimo regalo di mia mamma, Natale 1988. Lei morì improvvisamente quaranta giorni dopo, il più grande dolore della mia vita, ma aveva fatto in tempo a raccontarmi quanto difficile era stato trovare il tucano. Con la sua 500 aveva girato tutta Torino. Da tempo non ne fanno più di Tucani così. Non ha parenti non ha successori. Serio, resiliente, affettuoso, mi guarda (al)le spalle.

Ha assistito a trasmissioni televisive di ogni tipo: interviste, dibattiti, salotti, La7, RaiTre, SkyTg24, ReteQuattro, ma anche conferenze e lezioni in Italia, in Argentina, Cile, Colombia, Messico, Paraguay. Qualche volta dice che gli piacerebbe viaggiare, poi, però, tutto sommato gli va bene anche così.

Fa molte cose anche nella stessa giornata e non si stanca troppo. Registra e produce persino delle clip che possono essere trovate sul mio blog “Qualcosa che so” e che siamo lieti di credere che mi/ci sopravviveranno.

Quando mio figlio Emanuele viene a trovarmi si scambiano delle affettuosità, si danno degli sguardi. Tucano è molto grato a Emanuele che lo ha battezzato Norby perché il suo profilo ricorda quello del mio primo maestro di scienza politica Norberto Bobbio. Il grande filosofo politico torinese aveva la dote dell’auto ironia e avrebbe sicuramente apprezzato. Quanto alle presenze in TV, avendone sentite di cotte e di crude, spesso anche di indigeribili, TucanoNorby qualche volta discute con me su quello che ho detto, non detto, detto male. Molto serenamente e molto pacatamente, mi suggerisce di lasciare che gli ospiti in studio esprimano anche le più stupide delle opinioni. Correggerli non serve e correggere conduttrici e conduttori spesso è controproducente. Per ripicca non ci invitano più.

Su un punto, però, TucanoNorby è intransigente. Nessun insulto, nessun attacco personale, nessuna sceneggiata, quando qualcuno alza i toni e si azzuffa –ci sono alcuni noti mestieranti in materia, invitati proprio per fare polemica che servirebbe a fare salire l’audience–, lui e io non partecipiamo. Sul nostro volto appare un sorriso di commiserazione, di disgusto.

Non smettiamo di credere che la politica debba essere considerata una attività importante, persino nobile, che, per quanto sempre criticabile purché puntualmente, serve a migliorare la vita degli altri e anche la nostra rendendoci fieri di essere cittadini informati e partecipanti.

Abbandoniamo alle loro litigate i politici ed i commentatori di corte e di cortile. Leggendo un po’ di tutto, quando è possibile anche “Lo Strillone”, e studiando, conclude TucanoNorby, con il mio totale accordo, è così possibile volare alto. Alto.

La madre di tutte le riforme. Sul premierato Meloni ricordi la lezione di Renzi @DomaniGiornale

Una volta stabilito che una percentuale ragguardevole di italiani, lo testimoniano gli esiti dei referendum costituzionali, sono contrari alle revisioni, in particolare, della forma parlamentare di governo, chi può sostenere che hanno ragione i sedicenti improvvisati riformatori? Perché mai qualsiasi riforma costituzionale, da Renzi a Meloni, dovrebbe essere preferibile a quanto fu scritto da Calamandrei e Mortati, Fanfani e Basso (non intendo eccedere nell’elenco)? In base a quale valutazione i sostenitori di riforme purchessia riuscirebbero a migliorare la Costituzione in vigore da 75 anni e che ha accompagnato la grande trasformazione dell’Italia dal 1945 a oggi? Davvero coloro che si oppongono all’elezione popolare diretta del Presidente del Consiglio sono oggi terrorizzati dal “complesso del tiranno”, vale a dire dalla paura che gli Italiani si affidino all’uomo, pardon, donna, forte? Qualcuno, probabilmente, molti di loro sembrano più preoccupati dal venir meno di freni e contrappesi, dalla espansione del potere di una istituzione, il governo, a scapito dell’istituzione parlamento, da prevedibili squilibri e scompensi con gravi derive personalistiche. Non c’è bisogno di essere Liberali con la elle maiuscola per credere fermamente che il costituzionalismo democratico vuole gli strumenti per controllare il governo, li ha approntati, ne dispone. Sconcerta vedere che non pochi sussiegosi liberali à la carte vogliono dare più poteri al governo e al suo capo senza porsi nessun problema di riequilibrio fra le istituzioni, alle quali, in questo caso, va aggiunta anche la Presidenza della Repubblica.

Seguendo il solco del presidenzialismo missino brandito contro i partiti e contro il parlamentarismo, la riforma voluta da Giorgia Meloni e inscritta nel programma elettorale 2022 di Fratelli d’Italia era proprio il presidenzialismo, poi “derubricato” al ben diverso semipresidenzialismo francese per approdare a quello che viene chiamato, ma si potrebbe molto discuterne, premierato elettivo. Qui il punto non è analizzarne pregi, non ce ne sono, e difetti, sostanziali e monumentali dell’elezione popolare diretta del capo del governo, ma farsi due domande. La prima è chi si oppone alla riforma Meloni è automaticamente collocabile fra gli immobilisti costituzionali e da additare al pubblico ludibrio? E, seconda domanda, definito in maniera altisonante il premierato “la madre di tutte le riforme”, affermazione che necessita una approfondita riflessione, la sua bocciatura potrà rimanere senza conseguenze politiche? Nessuna riforma sarà più praticabile? Meloni si è affrettata a dichiarare che non ha la minima intenzione di lasciare il governo in seguito al referendum costituzionale che sconfiggesse la madre di tutte le (sue) riforme. Nel 2016 Renzi che, consapevolmente, aveva impostato un plebiscito sulle “sue” riforme costituzionali, agì diversamente. Se ne andò subito, per ripicca, sdegnato, lasciandoci soli.

Sarebbe molto opportuno che a tempo debito Meloni tenesse comunque conto di questo interessante precedente. Peraltro, fa ancora a tempo, certo gettando nello sconforto tutti coloro che si servono di lei per criticare i sinistri immobilisti costituzionali, a ritirare il suo disegno di legge oppure a lasciarlo appassire silenziosamente sans faire de bruit. Ce ne faremo una ragione. Non sarà per cercare riforme condivise al ribasso, al minimo, forse, infimo comun denominatore, quanto, piuttosto, per gettare uno sguardo oltre le Alpi dove prosperano alcune ottime democrazie parlamentari. “È la comparazione, bellezza” che ha il grande pregio di insegnare cosa funziona, come, quando. Metodo e merito come dice spesso la Presidente del Consiglio. E così sia.

Pubblicato il 31 luglio 2024 su Domani

VIDEO La Política como Compromiso, Vocación y Acción #entrevista

Invitado: Dr. Gianfranco Pasquino, Profesor Emérito de la Universidad de Bolonia, Italia.
Conduce: Dr. Anselmo Flores Andrade

Il campo larghissimo? Schlein prenda quel che passa il convento #intervista @ildubbionews

Intervista raccolta da Giacomo Puletti

Pubblicato il 26 luglio 2024 su Il Dubbio

Dove vanno i vicepresidenti USA? Qualche rara volta persino alla Casa Bianca #ParadoxaForum

La domanda è: se e quanto sono stati avvantaggiati i vicepresidenti USA che hanno cercato di succedere ai loro Presidenti? Restringo l’analisi al periodo post-1945 cosicché inevitabilmente dispongo di pochi casi (ma pochissimi furono i precedenti) che, però, mi consentono di dare una risposta precisa. Il successo è arriso ad una sola successione. Nel 1988 il repubblicano George H. Bush ha conquistato la Casa Bianca dopo essere stato per due mandati Vicepresidente di Ronald Reagan. Nel 1960 questa operazione non riuscì Richard M. Nixon che era stato vicepresidente del repubblicano Dwight Eisenhower (1952-1960). Nel 2000 non riuscì neppure al democratico Al Gore che era stato vicepresidente di Bill Clinton (1992-2000).

   In circostanze tragiche il Vicepresidente prima entrato in carica per completare il mandato del suo Presidente defunto, rispettivamente Franklin D. Roosevelt e John F. Kennedy, poi ne vince uno in proprio: i democratici Harry Truman (1945-1948; 1948-1952) e Lyndon Johnson (1963-1964; 1964-1968). Il vicepresidente di Truman, il poco noto Alben Barkley, non cercò la nomination alla presidenza; quello di Johnson, il noto e apprezzato Hubert H. Humphrey, la ottenne e perse l’elezione del 1968. Dick Cheney, potente vicepresidente di George W. Bush (2000-2008), falco senza cedimenti e senza compassione, venne considerato impresentabile dagli stessi repubblicani. In estrema sintesi, i vicepresidenti, vi aggiungo il pur competente Walter Mondale, vice del Democratico Jimmy Carter, hanno avuto vita grama.

Le circostanze sembrano più promettenti per Kamala Harris. Rimasta sostanzialmente nell’ombra, incapace di trovarsi una tematica caratterizzante, fino a domenica 14 luglio Harris sembrava, ed era, fuori gioco anche nella campagna elettorale, inutile. La rinuncia del Presidente Baden a cercare il secondo mandato (le) ha aperto una prateria di opportunità, di sfide, di incognite. In quanto vicepresidente è obbligata a rivendicare i successi, che ci sono, del suo Presidente. Però, non può giocare in difesa, tralasciando il non fatto e il malfatto (immigrazione). Al contrario deve portare l’attacco sul fronte di quello che sulla scia di Baden può essere esteso e completato. Soprattutto ha l’opportunità di cambiare il gioco. Non più due uomini bianchi anziani dai quali non può venire nessuna novità, come grandi maggioranze di elettori si lamentavano nei sondaggi lasciando intendere un notevole rifiuto delle urne a prevalente scapito dei democratici. Una ambiziosa donna di colore neppure sessantenne contro un uomo bianco quasi ottantenne con problemi giudiziari e privo della immaginazione politica per andare oltre il vacuo slogan Make America Great Gain: it is another game. La sfida si è spostata sul terreno della mobilitazione di un elettorato molto segmentato, in special modo sul versante progressista. Là Kamala Harris potrà cercare di sfruttare le sue qualità: competenza giuridica, energia politica, biografia anche professionale. Il duello non è più vicepresidente contro ex-presidente alla ricerca della vendetta, uomo bianco con la sua America del passato, che i giudici della Corte Suprema da lui nominati cercano di far rivivere, contro donna di colore, che rappresenta l’America che già c’è, ma sbrindellata e perplessa alla quale offrire una prospettiva. Almeno l’alternativa è crystal clear, cristallina. Il resto è il bello della politica democratica competitiva. 

Pubblicato il 25 luglio 2024 su PARADOXAforum

Ora i dem possono indicare un futuro nuovo all’America @DomaniGiornale

Quello che sembrava dover essere un scontro ripetitivo e acrimonioso fra due uomini bianchi anziani, scontro, secondo i sondaggi, sgradito al 75 percento degli americani, sta trasformandosi effettivamente e senza esagerazioni in una sfida per la conquista dell’anima degli USA. Oppure, meglio, per la (ri)definizione di quell’anima nel XXIesimo secolo. Un uomo bianco ricco, anche di pregiudizi e di condanne, che fa leva sul rancore, da lui sollecitato, veicolato e rappresentato, che non è interessato all’anima, ma al potere alla vendetta, contro una donna californiana progressista di colore, inevitabilmente lontanissima dal mondo di Trump, protagonista di una storia politica e professionale finora coronata da successi.

Vicepresidente tenuta un po’ ai margini del circolo di Biden e incerta sulla definizione del suo ruolo, Kamala Harris si trova improvvisamente proiettata in una sfida già in stato avanzato. Sa che deve difendere e promuovere gli indubbi, ma non agli occhi dei repubblicani, risultati in campo economico e nella sanità, che deve salvaguardare il diritto delle donne all’autonomia nelle sfera riproduttiva, ma sa soprattutto che per vincere deve convincere quell’America plurale, multiculturale, diversificata che si aspetta una visione ottimistica e credibile di un futuro attualmente offuscato da guerre e disordine. Harris può cambiare totalmente le modalità con le quali il conflitto politico si stava sviluppando. Ha la possibilità di girare pagina indicando un futuro plausibile nel quale tutte le minoranze si sentiranno a loro agio, protette e rispettate, ma anche garantite che saranno le loro capacità a fare la differenza.

 Il sogno americano, variamente declinato e attrattivo, non è affatto svanito. Guardando al percorso del vicepresidente repubblicano designato, J.D. Vance, qualcuno potrebbe pensare che il successo arrida di preferenza ai sognatori con la pelle bianca. Quel centinaio di migliaia di uomini bianchi di mezz’età, privi di un diploma e con basso reddito che dal Michigan al Wisconsin e alla Pennsylvania decretarono la sconfitta di Hillary Clinton non sono andati via. Probabilmente continuano a ritenere che la risposta alla loro richiesta di status e di riconoscimento si trovi nello slogan MAGA (Make America Great Again) e che i Democratici continuino a sottovalutarli. A neppure cercare di comprenderli. Comunque, non vedono posto per loro in nessuna composita coalizione multicolore. Qui Kamala Harris trova l’ostacolo più alto.

   Offrire anche a loro opportunità economiche e sociali è assolutamente necessario, imperativo. Potrebbe non bastare se a quelle opportunità non si accompagnano comportamenti credibili di comprensione, empatia, commozione. La nota positiva è che i Democratici sembrano essersi già rapidamente aggregati a sostegno della loro candidata (come oramai non potevano più fare con Biden). La nota al momento negativa è che non sta circolando nessuno slogan, nessuna frase ad effetto che sia affascinante e trascinante (quanto sento la mancanza dei kennediani, a cominciare da Ted Sorensen!)e che contrasti verticalmente quello che è l’alquanto logorato MAGA. Trump e i suoi sostenitori, compresa la maggioranza della Corte Suprema vogliono far rivivere un passato morto, ma male sepolto. I Democratici di Kamala Harris hanno la possibilità e il dovere di indicare come procedere verso la conquista e la rielaborazione dell’anima USA nel prosieguo del secolo. Il tempo è poco, ma tuttora sufficiente.

Pubblicato il 24 luglio 2024 su Domani

La democrazia non muore: è uccisa dalle élite @DomaniGiornale

Le democrazie non muoiono. Le democrazie vengono uccise. Gli assassini delle democrazie sono le élite. A seconda dei tempi e dei luoghi possono essere prevalentemente le élite politiche, militari economiche, religiose, persino culturali. Qualche volta, quelle élite iniziano a indebolire le democrazie violandone alcuni principi, se volete, promesse, fondamentali: l’eguaglianza, mai di risultati, ma quella di fronte alla legge; il pluralismo di diritti e di opportunità; la libera competizione elettorale e il rispetto dei suoi esiti; la rinuncia alla violenza e il riconoscimento che il monopolio dell’uso della forza spetta, senza se senza ma, allo Stato le cui élite agiscono in trasparenza; l’educazione politica e civile della cittadinanza.

Raffinati indicatori dello stato della democrazia nel mondo hanno colto da tempo il declino di molti degli elementi citati sopra anche negli Stati Uniti d’America che, la classifica dell’Economist Intelligence Unit colloca fra le democrazie difettose al 29esimo posto (Italia 31esima). L’attentato a Trump ha sollecitato molti commentatori a ricordare che alcuni Presidenti e qualche candidato sono stati uccisi. Sarebbe forse stato opportuno fare anche riferimento alle numerose e frequenti stragi di civili, a cominciare da quelle nelle scuole. La frase “violence is as American as apple pie” pronunciata più di cinquant’anni fa da un leader delle Pantere Nere non trova smentite. Il movimento “Black Lives Matter” serve a ricordare a tutti quanto razzismo strisci tuttora nella società americana. Il 6 gennaio 2021 l’assalto al Campidoglio di Washington ha rivelato che l’accettazione della sconfitta elettorale non è più un principio cardine condiviso dalla élite politica, economica, culturale repubblicana. Sullo sfondo si aggirano la cultura della cancellazione (della storia e della memoria dalle quali più non si impara) e il politicamente corretto (perniciosa manifestazione del conformismo nella società di massa denunciato da Tocqueville). Entrambi contribuiscono a istituzionalizzare discriminazioni e barriere cognitive. Non è guerra di culture, ma di pregiudizi e di incultura/e.

Partecipante diretta e potente, in questa guerra, ancorché a lungo ritenuta al di sopra e orientata al futuro, la Corte Suprema, con una solida maggioranza tecnicamente reazionaria destinata a durare per almeno una intera generazione, si è schierata a favore, quando conta, delle modalità con le quali il Presidente Trump (che ha nominato tre di loro) interpreta e ha esercitato i suoi poteri. La Corte sta minando il sacrosanto principio liberale della separazione dei poteri e facendo venire meno proprio il principio dell’eguaglianza di fronte alla legge nel momento in cui la legge e la Costituzione sono interpretate in chiave originalista con riferimento alle (presunte) intenzioni dei Costituenti.

Naturalmente, non sono mancate le reazioni dei democratici e dei progressisti USA a tutti questi sviluppi e ai casi più controversi. Però, non ci sono stati coordinamenti efficaci e, spesso, i democratici hanno peccato di (eccesso di) permissivismo nel condonare dichiarazioni e comportamenti offensivi e illegali che si sono moltiplicati e hanno prosperato.

Con fior fiore di studiosi condivido il postulato che una, tutt’altro che l’unica, virtù della democrazia consiste nell’apprendimento collettivo. Sono le donne e gli uomini, prima e più fra le élite che nel popolo, che apprendono, reagiscono, cambiano, formulano nuove idee, riequilibrano regimi sull’orlo del disastro Chi, per arroganza, ambizione, connivenza, ignoranza, impedisce la circolazione delle élite si rende responsabile della morte eventuale della democrazia. Sono pallidi e esangui i segnali che consentano di pensare che nelle élite d/Democratiche USA questa consapevolezza sia già sufficientemente diffusa. Si sta facendo tardi.

Pubblicato il 17 luglio 2024 su Domani