Home » Posts tagged 'George Bush'

Tag Archives: George Bush

2017: los tres grandes desafíos

 

clarin

El año 2017 empezó trayendo consigo, pesadísimos e ineludibles, tres desafíos que marcaron todo el año 2016 y subsistieron incluso hasta su finalización, trágicamente (en Berlín y Estambul): el terrorismo, las desigualdades, la elección de Donald Trump. El terrorismo de matriz islámica —negar su motivación religiosa no sólo es absurdo sino también erróneo—, se ha convertido a esta altura en una constante en distintas zonas del mundo. Hay quien sostiene que en realidad este terrorismo está vinculado y es producto de lo ocurrido en Irak y Libia, y hoy, sobre todo, de la guerra civil en Siria. Sin negar la contribución de estas tres situaciones, nos equivocaríamos todos, dramáticamente, si olvidáramos cuántos son los hechos de terrorismo atribuibles y reivindicados por Al Qaeda antes de la guerra de Irak. No, el terrorismo nació antes de la letal decisión del presidente George Bush (secundado por Tony Blair) de entrar en guerra contra Saddam Hussein, abriendo una enorme caja de Pandora de conflictos étnico-religiosos adormecidos. Ese terrorismo, financiado por países árabes que se sienten amenazados y siguen estando bajo extorsión, está en condiciones de llevar a cabo ataques en muy diversos lugares de Europa, Estados Unidos, Oriente Medio y África. Sostener que cualquier atentado es obra de “lobos solitarios” significa subestimar dos elementos. El primero es que, de todas formas, hay hombres dispuestos a matar, al grito de “Alá es grande”, porque han internalizado los preceptos de la guerra contra Occidente. Segundo, que estos lobos solitarios, cualquiera sea el modo en el que se haya producido su radicalización —en los suburbios parisinos, en un barrio-gueto de Bruselas, en cárceles, en, mucho más raramente, centros de recepción de inmigrantes—, encuentran con rapidez el apoyo de otros hombres y mujeres que comparten con ellos sus objetivos. Nada de esto está destinado a desaparecer ni, mucho menos, a ser erradicado o superado en 2017. Afirmar que el terrorismo no cambiará nuestra vida de occidentales es muy hipócrita y de ninguna manera tranquilizador. Cualquiera que viaje en avión sabe cuánto, para peor, ha cambiado nuestra vida.

Algunos de nosotros estamos preocupados por las desigualdades y por su crecimiento abrumador porque preferimos una sociedad más justa en la distribución de la riqueza. Porque pensamos que cuando la riqueza, producida por patrimonios más que por el trabajo, se concentra cada vez más en las manos y en los fondos de inversión de pequeños porcentajes de la población de pocos países, no sólo de los más ricos (el fenómeno se produjo ya en China y se ha extendido incluso a India), la vida de demasiadas personas se vuelve insoportable. Sabemos que existe una relación estrecha entre bienestar y democracia. Creemos, sin embargo, que cuanto más equilibrada sea la distribución de los recursos, cuanto mejor esté vinculada a la igualdad de oportunidades, cuanto más surja de la posibilidad de tener un trabajo y de obtener de él los frutos merecidos, tanto más aceptable será la vida de todos. Las desigualdades injustificables minan la cohesión social, generan tensiones insoportables y no contribuyen de hecho al funcionamiento óptimo del sistema económico.

La escalada de las desigualdades se debe ampliamente a la victoria, que pareció definitiva, de la ideología neoliberal. Esa ideología no ha sabido mantener la otra campana de su promesa, vale decir, que la acumulación de riqueza en manos de un estrato social restringido se traduciría rápidamente en inversiones, en oportunidades, en aumento de la ocupación, en más recursos para todos. El desafío de contener y reducir las desigualdades que, naturalmente, no podrá ser resuelto en 2017, convoca a la causa sobre todo a la izquierda: a sus partidos, a sus movimientos, a sus intelectuales. No se requiere únicamente la redefinición del rol del Estado en la esfera económica, es decir, el relanzamiento de las medidas políticas y, me atrevería a decir, de la “filosofía” keynesiana. Se requiere la formulación de una nueva ideología que sepa mantener juntos keynesianismo y bienestar social en un mundo enormemente más complejo. Precisamente cuando es dinámica la economía produce y reproduce desigualdades. No le bastará al Estado con ser democrático para reducir esas desigualdades sin obstaculizar el desarrollo. Deberá convencer a la mayoría de la población de que actúa en función del interés colectivo, que sabe hacerlo porque es confiable y competente. Ésta es la tarea de una ideología que tiene una visión del mundo y habla no sólo al cerebro sino también al corazón de la gente.

El tercer desafío de 2017 es el más inesperado y el más imprevisible: el constructor chapucero, operador inmobiliario y empresario televisivo absolutamente desprovisto de toda experiencia y conocimiento político, Donald Trump, en la Casa Blanca. La presidencia Trump es un desafío, ante todo, a la democracia de EE.UU., a sus mecanismos, a sus estructuras, a sus ‘checks and balances’ (controles y contrapesos), incluso al principio cardinal del liberalismo (“la separación entre poder económico y poder político”). Es el desafío a los derechos civiles y políticos sobre los cuales se construyó, si bien entre conflictos, tensiones y discriminaciones, la democracia de Estados unidos. Es, por último, el desafío al actual desorden internacional del mundo. Sólo veo riesgos y peligros. Feliz Año.

Traducción: Román García Azcárate

Publicado el 12 de enero de, 2017

Accogliere è un test di civiltà

Il modo forse migliore per celebrare la Giornata del Migrante consiste nel leggere la Costituzione italiana. Il comma 3 dell’art 10 stabilisce che: “lo straniero, al quale sia impedito nel suo paese l’effettivo esercizio delle libertà democratiche garantite dalla Costituzione italiana, ha diritto d’asilo nel territorio della Repubblica secondo le condizioni stabilite dalle leggi”. Naturalmente, non tutti i migranti sono oppositori politici dei regimi autoritari e repressivi dai quali fuggono. Tuttavia, è innegabile che in nessuno di quei regimi hanno potuto e, fintantoché non avverranno improbabili cambi democratici, i migranti che approdano in Europa attraverso l’Italia non potranno godere di nessuna libertà democratica. Se, poi, interpretiamo in maniera estensiva la dizione “libertà democratiche”, la grande maggioranza dei migranti fugge da situazioni nelle quali la loro dignità e la loro stessa sopravvivenza sono in questione. Non sappiamo quanti di loro con le loro famiglie possano essere effettivamente considerati rifugiati politici. Infatti, enormi sono i problemi amministrativi da risolvere per verificare la provenienza, le generalità e le motivazioni dei migranti. Ed è evidente che per quasi tutti loro l’obiettivo principale è trovare un luogo di residenza e di lavoro.

In assenza di permessi di lavoro, molto difficili da ottenere, i migranti sono tecnicamente “clandestini”. Dovrebbero, dunque, essere espulsi. Anche in questo caso, la Costituzione italiana (art. 10 comma 4) è chiara: “non è ammessa l’estradizione dello straniero per reati politici”. Molti dei migranti hanno sicuramente da temere rappresaglie a opere dei governanti dei regimi autoritari dai quali sono fuggiti. Sappiamo, comunque, che le espulsioni dei clandestini sono difficili, costose, inevitabilmente limitate in termini di numeri rispetto agli arrivi. Nella quasi totalità dei casi, le espulsioni riportano i migranti alla vita grama dalla quale loro e le loro famiglie, a rischio della vita, hanno cercato di sfuggire. Dalle quali, quando potranno permetterselo, visti gli alti costi dei viaggi verso l’Italia, riproveranno a fuggire. Comunque, i respingimenti, possono essere un’arma di propaganda politico-elettorale, ma non rappresentano una soluzione praticabile né, tantomeno, duratura.

Non dimenticando mai che l’afflusso dei migranti si è enormemente intensificato in seguito alla malaugurata e non necessaria guerra lanciata nel 2003 dal Presidente repubblicano George Bush per rovesciare Saddam Hussein dal suo scranno di dittatore dell’Iraq, sono in fiamme sia il Medio-Oriente sia alcuni paesi dell’Africa del Nord. Porre fine a quelle guerre, che spesso sono al tempo stesso guerre civili e di religione, è un’operazione complicatissima che richiederà comunque tempi lunghi. La creazione di un ordine politico nel quale riprendano attività economiche che liberino dalla fame e dalle malattie decine di milioni di persone, potenziali migranti, non è possibile in tempi brevi. L’attuazione di provvedimenti mirati richiede un’unità d’intenti che né l’Unione Europea né le Nazioni Unite hanno saputo finora conseguire. La costruzione di muri che impediscano l’accesso dei migranti è costosissima e non offre nessuna garanzia di successo. La costruzione di ponti che ne facilitino l’arrivo in Italia, che è il paese più esposto e più permeabile, e in Europa, è altrettanto costoso e, se non accompagnata dalla costruzione di luoghi di accoglienza, rischia di procurare enormi tensioni e conflitti con la probabilità di contraccolpi estremistici di tipo razzista.

Posta la soluzione in termini puramente economici (e “militari”), non è possibile dire con certezza che il respingimento sia meno costoso di un’accoglienza organizzata e governata. Tuttavia, le tradizioni e l’impegno democratico dell’Unione Europea e dei singoli Stati non possono contraddirsi tanto platealmente e farsi travolgere dai sostenitori dei respingimenti a tutti i costi. Il trattamento riservato ai migranti, anche in un periodo di economie non prospere, è il test del livello di civiltà di ciascun paese e del continente europeo.

Pubblicato AGL 14 giugno 2015